APUNTES SOBRE LA REVUELTA POPULAR EN CHILE
- Movimiento Vientos del Pueblo
- 19 sept 2020
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A modo de intro
A once meses del levantamiento popular, se pueden afirmar rápidamente dos cosas: i) la revuelta de octubre ha tomado la forma de un proceso social más profundo, no ha terminado; y ii) lo peor que le pudo pasar fue el posicionamiento del plebiscito por la constituyente como demanda última del pueblo.
Respecto al primer punto, es central considerar que la revuelta, aún cuando no se exprese con la misma violencia generalizada del comienzo, no ha terminado; más bien, se ha transformado en un proceso abierto que puede derivar en un momento revolucionario. Obviamente esto dependerá del rol que cumplan las organizaciones revolucionarias y de cuánto más logre avanzar la falsa izquierda en el ideario del pueblo respecto a la constituyente, además de otros tantos factores internos y externos.
Sobre el segundo punto, el movimiento reformista por la asamblea constituyente -que ya tiene más de una década dentro del movimiento social sin haber conseguido posicionarse hasta ahora- logró cooptar la opinión pública y el descontento de las masas vendiendo la falsa receta de una nueva constitución como un hecho revolucionario.
Hoy, el debate público está centrado en el plebiscito de octubre, cuyas opciones son el apruebo (y el mecanismo de redacción) o el rechazo de la nueva Constitución. La agudización de la lucha de clases que se vio en octubre -y con más fuerza en noviembre del año pasado- hoy se condensa en la ultrapolarizada lucha de estos dos sectores. La efervescencia del pueblo explotado ha tratado de ser orientado por el cauce de la legalidad liberal y hoy las esperanzas están puestas en un plebiscito sin garantías, pactado entre cuatro paredes gracias al oportunismo de la falsa oposición y sin siquiera ofrecer como alternativa una asamblea constituyente real.
De todo este proceso -que ya lleva casi un año-, hay varias observaciones que hacer y conclusiones que sacar.
Los pacos y la represión
La represión ha sido brutal. Si bien Chile se ha caracterizado por ser históricamente un Estado ultrapolicial, la institución de Carabineros se ha transformado, a vista y paciencia del pueblo, en el protector de la clase burguesa y su modelo. Esto no es nuevo, claro; sin embargo, la agudización de la lucha de clases ha llevado a los sectores conservadores a desplegar todo tipo de recursos para posicionar su lógica de terror, cuestión que ha sido amparada por la protección de las fuerzas represivas. El gremio de los camioneros, por ejemplo, inició una huelga que consiguió desabastecer a buena parte del sur del país durante días, estas movilizaciones tuvieron pleno respaldo de los carabineros. Por otro lado, aún hay más de 2500 presxs por la revuelta, la mayoría de lxs cuales han sido procesadxs por las leyes represivas aprobadas en el contexto de la revuelta (afirmadas con votos de la izquierda oportunista). El gasto en represión no ha parado, y, mientras el pueblo sufría las consecuencias más duras del confinamiento, el Estado importaba material represivo de última generación (carros lanza agua, lanza gases, antidisturbios, armas etc.).
Se debe agregar a esto que los estados de excepción, a propósito de la pandemia, ya son un instrumento de uso común para reprimir la protesta, por lo que el movimiento ahora tiene que lidiar con las restricciones al desplazamiento, a la reunión, a la organización, etc. (pero no al trabajo, qué casualidad).
Las falsas izquierdas y el desastre constituyente
La oposición (electorera) al gobierno de Piñera ha jugado su rol en la coyuntura política y en el escenario que vive hoy la revuelta. Si la asamblea constituyente se posicionó como el objetivo en la disputa político social, fue precisamente por el esfuerzo de los partidos y coaliciones reformistas como el PC, el Frente -demasiado- Amplio, las organizaciones sindicales como la CUT, la ANEF, etc., e incluso partidos pseudorevolucionarios como el PTR (vertiente trotska).
El movimiento por la constituyente tiene ya más de una década en el escenario político chileno; sin embargo, siempre fue una demanda del reformismo. Por su carácter leguleyo y abstracto, su peso dentro del movimiento social siempre fue marginal, teniendo mayor relevancia las demandas de carácter concreto, como el movimiento no + AFP, el movimiento por la educación gratuita, el movimiento sindical de los subcontratados, las demandas de deudores habitacionales y un largo etcétera.
Octubre fue la cristalización de todas estas demandas aisladas en un solo estallido violento e inorgánico, propiciado por la insostenible precarización de las masas. Así, luego del primer momento de quiebre, la incipiente “inorgánica popular” planteó sus demandas centrales: alza real del sueldo mínimo, fin del sistema de AFP, nacionalización de los recursos naturales, salud y educación públicas, entre otras. Al final de la lista se podía leer, a veces, “asamblea constituyente”. Detrás de estos petitorios -que emergían cada tanto entre las pancartas y las molos- no había organizaciones reformistas, ninguna se atrevió a levantar sus banderitas en medio de la protesta.
Lamentablemente, la propia inorganicidad del movimiento social fue causa (y consecuencia) de la ausencia de un programa revolucionario de peso, lo que le dio el tiempo suficiente al reformismo para cooptar a los sectores sociales descontentos pero relativamente despolitizados -o menos conscientes, si se quiere-. Por tanto, el astuto posicionamiento de la Constitución de Jaime Guzmán como el enemigo, el rédito sobre los discursos apolíticos (no es ni izquierda ni derecha) y la ultra gastada figura de Allende, fueron el caldo de cultivo ideal para reducir todas las demandas a los márgenes de la legalidad burguesa.
De los sectores reformistas -que, por supuesto, no tienen unidad- el que más ha ganado espacio en la política institucional en esta coyuntura ha sido el Partido Comunista, que logró posicionar a Jadue como candidato presidencial con apoyo popular, echando mano de la imagen de Allende como para repetir la historia. Por otro lado, el Frente Amplio perdió su oportunidad de posicionarse como la izquierda democráticaque decía ser, dados los sistemáticos golpes para detener el avance del movimiento social, desde las leyes antibarricadas hasta el pacto con el gobierno por la constituyente. En definitiva, el Partido Comunista utilizó perfectamente su experiencia y capital político para posicionarse como el sector ganador de la oposición institucional.
La capucha y otras ganadas ideológicas
Allá por el 2011, un artículo de prensa en algún medio llevaba por título: Contra la capucha | La capucha | A favor de la capucha. Básicamente, consistía en la exposición de tres argumentaciones acerca de lxs encapuchadxs como fenómeno característico de la protesta social violenta: la opositora, la neutral y la que bancaba, en un contexto en que la violencia en las marchas aumentaba sostenidamente.
En esos años, el movimiento estudiantil vivía una disputa interna que era central: a favor o en contra de la acción directa. La corriente más reformista del movimiento (lo que diera origen al actual Frente Amplio y, por supuesto, las juventudes del PC) sostenía una crítica férrea a la acción directa de lxs compas, y el blanco era la capucha. Así, hacían parte del discurso socialdemócrata que planteaba que las marchas debían ser pacíficas y que la violencia deslegitimaba al movimiento social, cuestión que también era así a ojos de la opinión pública.
Ahora, lxs mismxs que en aquel entonces se desmarcaban de “la violencia del movimiento”, o del “lumpen y de lxs anarcxs”, son hoy día los que le prenden velas a lo que se conoce de forma generalizada como la primera línea: compañerxs encapuchadxs que resisten la ofensiva de los pacos. En el nivel de las representaciones sociales y de la ideología, los primeros meses de la revuelta fueron intensos en criminalización de la protesta y de lxs encapuchadxs; sin embargo, la masividad del movimiento hizo posible posicionar el enfrentamiento a la fuerza represiva como lo que realmente es, la resistencia contra la violencia estatal. Esa ganada ideológica es fundamental, pues del discurso pacifista de algunos sectores estudiantiles que planteaban la reivindicación popular desde la academia y la socialdemocracia se pasó al amplio apoyo de masas que hoy tienen la primera línea y lxs capucha. Esta es una tremenda victoria ideológica de los sectores revolucionarios en tanto se evidenció que la resistencia popular por medios violentos es legítima y necesaria.
Es cierto que la acción directa ha sido posicionada principalmente por grupos anarquistas, los que han tenido una gran influencia en la revuelta y en general en el desarrollo de la conciencia de las clases oprimidas, sobre todo a nivel de los sectores más precarizados; sin embargo, eso es solo una parte de la primera línea; la gran cantidad de compas que están dispuestxs a enfrentar directamente a los pacos son, en buena parte, jóvenes de los sectores más violentados y vulnerables -lo que, en todo caso, no es casualidad-. Además, muchas de las organizaciones revolucionarias y clasistas han adoptado desde hace ya montón de tiempo la lógica de la acción directa como forma de lucha, levantando trabajo en conjunto con otros sectores no reformistas desde los 90.
Otro avance importante en el terreno de las representaciones de las masas es la creciente deslegitimación de la institución de los carabineros. La brutal represión que se ha vivido desde octubre, la evidencia sistemática de montajes, y lxs compas activistas “suicidados”, han sido la muestra clara del actuar de la institución en función de los intereses de una clase, lo que ha permeado en la opinión pública. Se deben sumar a esto los continuos casos de corrupción en los que se han visto envueltos los carabineros.
Las asambleas territoriales
Dos cosas es preciso mencionar a propósito de lo organizativo en el contexto de la revuelta: la primera es que es cierto que, a nivel general, esta fue de carácter espontáneo o, más bien, inorgánica, en el sentido de no tener organizaciones tras el actuar violento de las masas. Sin embargo, describirla como “espontánea” a secas sería pretender que es un movimiento sin historia. En realidad, el momento se abre (lenta o rápidamente, eso según…) en el 2006 con el movimiento estudiantil: la revuelta de octubre es la cristalización de la numerosa serie de movilizaciones del pueblo bajo distintas demandas; por lo que, desde ese punto de vista, la organización creció.
La dictadura quebró muchos procesos sociales en marcha, pero la resistencia no dejó de trabajar en aquellos ámbitos en los que atacó el Estado: la comunidad, esto bajo las lógicas de la paz y seguridad ciudadana; el sector estudiantil y el sector de los trabajadores. Muchas de las organizaciones clasistas revolucionarias se volcaron al trabajo en la comunidad (y en el trabajo comunitario) para recomponer la conciencia de clase, trabajo lento y desgastante, pero el que, hoy da frutos en las innumerables asambleas territoriales que se conformaron en el contexto de la revuelta. Es evidente que esto no implica necesariamente que exista conciencia revolucionaria en cada asamblea territorial; si así fuera, no estaría en discusión la asamblea constituyente. Sin embargo, es materia prima fundamental para cualquier proceso revolucionario.
Cuestiones sobre algunos sectores importantes
Es evidente que la lucha de clases se agudiza, pero sin una conciencia de clase generalizada, más bien encauzada todavía por los márgenes institucionales burgueses o ciudadanos. Pero como proceso más profundo que un “estallido social” (como lo bautizó la academia), ha involucrado a una buena parte de los sectores sociales que han ampliado su influencia o bien han trascendido su esfera de acción.
Por una parte, lxs estudiantes han sido un actor central, como posiblemente desde siempre. Muchos meses antes del levantamiento, el sector estudiantil se encontraba en lucha directa contra el Estado. Las evasiones masivas fueron la punta de lanza del levantamiento (obviamente inspirado por el octubre ecuatoriano). El sector sigue movilizándose de forma sostenida, logrando sabotear el proceso de admisión a las universidades para eliminar la prueba de acceso, lo que finalmente se consiguió.
Por otra parte, la movilización del pueblo mapuche trascendió las fronteras del Bio-Bio. La represión sistemática que ha sufrido por parte del Estado chileno es hoy también parte de los hechos que han salido a la luz; quedando evidenciados los montajes de los pacos y los milicos.
El movimiento sindical también ha sido importante durante estos meses (y por supuesto antes). Si bien está tensionado por el sector reformista, la presencia de los sectores clasistas y revolucionarios ha tenido un crecimiento sostenido desde hace ya unos años con la creación de la Central Clasista y la AIT, frutos de otros procesos organizativos. Esto ha generado la lucha consciente de varios sindicatos en el contexto actual, sobre todo de empresas en las que, dados sus características y marcos legales que las regulan, es difícil generar organización sindical, como McDonalds, Starbucks, entre otras.
Las organizaciones clasistas y revolucionarias son muchas. Tantas, que, finalmente, puede llegar a ser un problema en lo organizativo, porque no permite la existencia de un programa único con el que posicionar a las masas populares en la lucha política. La izquierda (no institucional) en Chile es numerosa y suele pasar por etapas de división profunda y tensiones al interior de los distintos movimientos sociales en los que ejerce su influencia. En la coyuntura actual no han conseguido posicionarse como un sector de vanguardia y eso se refleja en el encausamiento del levantamiento dentro de los márgenes de la institucionalidad constituyente.
En la otra vereda, se han activado grupos reaccionarios de ultraderecha, algunos bajo nuevos nombres y otros retomando viejas organizaciones como Patria y libertad. El movimiento social fue tan masivo e irrumpió con tanta fuerza que la clase burguesa tuvo que idear muchos mecanismos para reaccionar, como grupos de choque que atentan directamente contra manifestantes, la reactivación del gremio de los camioneros (históricamente reaccionario y contrarrevolucionario), el posicionamiento ideológico del racismo contra el pueblo mapuche y el patriotismo, etc.
Por último, el gobierno ha tenido una actuación más bien errática y ha tendido a evitar cualquier proceso de reforma, incluso cuando estas pudieran servir para destrabar la oposición y el descontento de las masas y legitimar el modelo, como la constituyente o el bullado retiro del 10% de las AFP. Los cambios de gabinete han profundizado la lógica represiva, como la ubicación en el Ministerio del Interior de Pérez, íntimo de Pinochet y férreo defensor de la dictadura, o el sacar del congreso a parlamentarios de la “derecha constituyente” para dejarlos en cargos irrelevantes.
Por último (o de lo que faltó)
De seguro cualquier análisis tiene que cruzarse con uno sobre la crisis capitalista actual y su agudización con la pandemia -queda pendiente-. Esta ha sido la excusa perfecta para regenerar fuentes de acumulación y mantener controlado cualquier tipo de insurgencia y movimiento social (que venían agarrando fuerza). En Chile esto no es la excepción; evidentemente la movilización ha decaído en aguante y violencia debido al encierro y a las medidas opresivas, y muchos esfuerzos organizativos hoy están concentrados en resistir la precariedad a la que han llegado los sectores populares por el confinamiento, levantándose ollas comunes, iniciativas de economía popular y otras muestras de solidaridad de clase.
Quedan pendientes los desafíos a los que se enfrenta hoy la revuelta, que no son pocos. Habría que hilar más fino para evaluar qué posibles consecuencias puede traer el resultado del próximo plebiscito. Pero con seguridad se puede afirmar que el trabajo de masas es y ha sido fundamental para darle contundencia y continuidad al levantamiento. Si hoy la revuelta ha tenido un carácter más profundo que la sola espontaneidad, es precisamente porque ha rebasado los límites de cada sector social para posicionarse como un movimiento de masas.
¡La rebelión se justifica!