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Contra la guerra imperialista y por la organización revolucionaria del proletariado

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    Vientos del Pueblo
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

El sistema capitalista en su fase imperialista atraviesa una crisis general que expresa la agudización de sus contradicciones internas.


No se trata de una crisis coyuntural, sino de una crisis histórica del modo de producción capitalista, donde la concentración del capital, la dominación de los monopolios y el papel del capital financiero han llevado al sistema a un punto en el que solo puede reproducirse mediante la guerra, la superexplotación y la violencia reaccionaria.

La fase imperialista del capitalismo se caracteriza por la exportación de capitales, la disputa por el reparto del mundo y la subordinación de las naciones oprimidas. En este marco, las potencias imperialistas se enfrentan en una lucha abierta por la hegemonía global, por el control de mercados, materias primas y posiciones estratégicas. Esta disputa no es accidental: responde a la ley del desarrollo desigual del capitalismo, que empuja a las potencias emergentes a desafiar a las dominantes.


Nos encontramos ante una guerra imperialista en desarrollo. Los conflictos en Medio Oriente, las tensiones entre Estados Unidos e Irán y la creciente militarización del planeta son expresiones de la lucha interimperialista por un nuevo reparto del mundo. Son guerras de rapiña, donde ninguno de los bandos representa los intereses del proletariado ni de los pueblos oprimidos. Son guerras entre explotadores.


Denunciamos la agresión imperialista contra los pueblos del mundo. El genocidio del pueblo palestino constituye una expresión brutal del carácter del imperialismo. La ocupación, el exterminio y el desplazamiento forzado no son hechos aislados, sino parte de la política sistemática de dominación. El Estado de Israel actúa como enclave militar del imperialismo, garantizando el control geopolítico de la región en función de los intereses del capital internacional.



El imperialismo norteamericano, como potencia hegemónica en decadencia relativa, intensifica su ofensiva global. La pérdida de posiciones en el sistema mundial lo empuja a recurrir cada vez más al militarismo, a la intervención directa e indirecta y a la coerción económica. América Latina, como región de países semicoloniales, ocupa un lugar estratégico en esta ofensiva.


Bajo el pretexto del combate al narcotráfico, el imperialismo norteamericano, a través del Comando Sur, consolida su presencia militar y fortalece los mecanismos de control sobre los Estados dependientes. No busca combatir el crimen, sino garantizar las condiciones para la reproducción del capital, el acceso a recursos naturales y el control de territorios estratégicos.


Al mismo tiempo, el imperialismo chino emerge como potencia en ascenso, disputando la hegemonía dentro del mismo sistema capitalista. A través de la exportación de capitales, la deuda, la inversión en infraestructura y el control de sectores estratégicos, amplía su dominio sobre las economías dependientes. Junto con Rusia, configura un bloque que combina instrumentos financieros y militares para disputar el orden imperialista existente.


No existe en esta disputa un campo progresivo. El imperialismo chino y ruso no representan una alternativa para los pueblos, sino otra forma de dominación. Su discurso sobre la “multipolaridad” y la “cooperación” encubre nuevas relaciones de dependencia y saqueo. La contradicción entre estas potencias no es entre sistemas distintos, sino entre fracciones del capital imperialista.


En este contexto, la guerra no es una anomalía, sino una necesidad del sistema. El imperialismo no puede existir sin guerra. La diplomacia imperialista no elimina los conflictos, sino que administra los tiempos y las formas de la confrontación.


La crisis del capitalismo se descarga sobre el proletariado y las masas trabajadoras. En todo el mundo se profundiza la explotación: precarización del trabajo, extensión de la jornada laboral, reducción del salario real y eliminación de derechos conquistados mediante la lucha de clases. La burguesía busca recomponer su tasa de ganancia a través de la intensificación de la explotación.

Paralelamente, se desarrolla un proceso de fascistización de la sociedad. La democracia burguesa revela su carácter de dictadura de clase. Ante la imposibilidad de gobernar mediante el consenso, la burguesía recurre cada vez más a la coerción directa. Se fortalecen los aparatos represivos, se militarizan territorios y se criminaliza la protesta social.


La fascistización no es una desviación, sino una forma de dominación propia del capitalismo en crisis. Se promueven ideologías reaccionarias que buscan dividir al proletariado: racismo, xenofobia, odio de clase. Estas ideologías cumplen la función de fragmentar a las masas y desviar su lucha.


En este escenario, el reformismo y la socialdemocracia desempeñan un papel contrarrevolucionario. Bajo discursos “antifascistas” y “anti-neoliberales”, encubren la defensa del orden capitalista. Su propuesta de un capitalismo con “rostro humano” es una ilusión reaccionaria que desarma ideológicamente al proletariado.


El reformismo canaliza la lucha hacia el parlamentarismo y el legalismo, subordinando al movimiento obrero a la institucionalidad burguesa. De esta manera, actúa como un freno al desarrollo de la conciencia de clase y a la organización independiente del proletariado.


En Ecuador, la crisis del sistema se expresa en el fortalecimiento de la burguesía compradora, subordinada al imperialismo. El gobierno actual representa los intereses de esta fracción de clase, profundizando la dependencia y el carácter semicolonial del país.


Se impulsan reformas antiobreras orientadas a flexibilizar el trabajo y aumentar la explotación. Se desmantelan los servicios públicos y se transfieren recursos al capital privado. La crisis es descargada sobre las espaldas de las masas trabajadoras.


Simultáneamente, se consolida un régimen de excepción permanente. La militarización y la represión se presentan como respuestas a la inseguridad, pero en realidad constituyen mecanismos de control social. El narcotráfico, lejos de ser erradicado, forma parte de la estructura del capital y de la descomposición del Estado burgués.


La disputa entre fracciones de la burguesía se expresa en la lucha por el control del Estado. El correísmo, como expresión de la burguesía burocrática, utilizó el aparato estatal para la acumulación de capital, sin romper la dependencia ni modificar las relaciones de producción. Hoy intenta presentarse como alternativa, pero forma parte del mismo orden.


El reformismo, incluyendo sectores que se apoyan en bases populares, actúa como contención del movimiento de masas. Canaliza el descontento hacia negociaciones dentro del sistema, desviando la lucha de clases. Su crítica al “neoliberalismo” oculta la naturaleza del capitalismo como sistema de explotación.


Frente a esta situación, la tarea central es la construcción de la independencia política del proletariado. No existe salida dentro de los márgenes del orden burgués, ni en la alternancia de sus distintas fracciones en el aparato estatal. La experiencia histórica demuestra que toda ilusión en reformas estructurales desde arriba termina reforzando la dominación de clase.


Se vuelve imprescindible retomar el camino de la organización desde abajo, enraizada en los espacios concretos donde se produce y se reproduce la vida social. La fábrica, el barrio, el campo y los espacios de estudio deben convertirse en núcleos de organización, deliberación y lucha, donde el proletariado desarrolle su capacidad de acción independiente.


La lucha contra la guerra imperialista, la explotación y la represión no puede separarse de la perspectiva de transformación radical de la sociedad. No se trata únicamente de resistir las ofensivas del capital, sino de construir las condiciones materiales y políticas para su superación.


En este sentido, el internacionalismo proletario no es una consigna abstracta, sino una necesidad concreta. Frente a un sistema que opera a escala mundial, la articulación de las luchas y la solidaridad entre los pueblos se vuelve una condición fundamental para enfrentar al imperialismo.


El momento actual exige claridad política, firmeza ideológica y compromiso con la organización. La crisis del capitalismo abre escenarios de mayor violencia, pero también de mayor potencialidad para la irrupción de las masas en la historia. Es en ese terreno donde se define el rumbo de los procesos sociales.


La superación de este sistema no será el resultado automático de su crisis, sino de la acción consciente y organizada del proletariado. Solo a través de la lucha de clases llevada hasta sus últimas consecuencias será posible poner fin a la barbarie capitalista y abrir paso a una nueva forma de organización social basada en la abolición de la explotación.


¡Solo la organización y la acción consciente de las masas podrán destruir el capitalismo y abrir paso hacia una nueva democracia!


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